Coqui el cocodrilo
Un día Chavito salió de su casa para ir a pescar en su lancha, llevó red y anzuelos. Estuvo en la laguna casi toda la mañana, atrapó aun pequeño lagarto y lo llamó “Coqui”, como al llegar a casa no tenía donde meterlo, lo puso en una cubeta grande.
– Pero Coqui no estaba a gusto.
La casa de Chavo estaba a las orillas de la ciudad, era una casa grande con un gran jardín y una cerca que parecía que soportaría cualquier viento.
La calle donde él vivía era muy transitada por mujeres y niños, pues cerca había una escuelita.
En el sitio donde debería haber una tubería de agua, solo había un gran charco de agua estancada, un canal repleto de agua de lluvia, hierba y basura.
Coqui, tan pequeñito; odiaba que Chavo lo tuviera dentro de una cubeta y lo que más odiaba era que lo llamaban Coqui. Así que comenzó a mover su cola hasta que la cubeta salió rodando. Coqui salió de la casa de Chavito y se fue a meter a aquel gran canal.
Cuando Chavo se dio cuenta de que Coqui no estaba en su cubeta, comenzó a buscarlo por el jardín, lo buscó toda la mañana, después se aburrió de buscarlo y se olvidó.
En el gran canal, Coqui encontró de todo, agua tibia, sombra, lama, plantas, jacinto y comida, como era pequeñito nadie lo veía y como siempre estaba muy ocupado, el tampoco miraba a nadie.
En ese gran canal, Coqui hizo horarios, tenía una hora para cada cosa que hacía; tenía varias horas para comer, como estaba creciendo tenía que comer mucho para crecer bastante.
Tenía otras muchas varias horas para dormir, o al menos eso parecía, más bien creo que se la pasaba flojeando.
Tenía otras muchas horas para nadar, que aunque necesitaba ejercicio, procuraba no nadar mucho para no hacer olas y no ser descubierto.
Tenía que tomar su baño de sol a mediodía, normalmente lo hacía disfrazado confundido entre los jacintos y matorrales que solo el conocía.
Y también se daba su hora para espiar al mundo, “la calle”.
Las primeras veces que espiaba hacia el mundo, solo daba una pequeña miradita (que tal que chavo lo veía) después, a como fue tomando confianza, se acercaba más y más a la calle.
Se encontraba un poco melancólico porque tenía ganas de salir a pasear.
Lalo fue el primero que lo vio en el canal, vio unos ojitos húmedos y una trompa con dos hoyitos sobre el agua. La nena llegó después y miró su cabeza, verde y grande.
Después lo miraron otros, Coqui miraba a los niños y las niñas que regresaban en manada de la escuela.
Más tarde fue aprendiendo a observar, otras cosas, a diferentes personas. Las cosas que el veía fueron cambiando.
Ahora Lalo pasaba muy temprano, casi de madrugada rumbo al trabajo. La Nena cambió de escuela. Otros, cambiaron de casa. Incluso don Chavo…
Llegaron nuevos niños a vivir a esa calle. Ellos también observaban con detenimiento a Coqui. Nadie le tenía miedo a pesar de lo grandote que estaba. Lo curioso es que nadie sabía de que tamaño era realmente porque Coqui solo asomaba su cabeza.
Coqui había crecido tanto que el canal se había convertido en un espacio muy pequeño para él. El hombre que lo había cazado, estaba lejos. La época en que parecía que el canal era el mejor lugar del mundo, también se veía muy lejos.
En el verano, por la noche; yacaré salía a pasear bajo la luz tenue de la luna. Estiraba las patas y abría sus largas mandíbulas para sentir el aire fresco de la noche.
En los caminos de tierra, caminaba de puntitas para no hacer ruido y dando carreritas de lagarto se medio escondía, muy tranquilo en los frescos matorrales de los patios que sentía tan ricos en su pecho.
Ahí, Coqui lograba sentirse mejor, menos lejano de la gran laguna donde había nacido (y que ya casi no recordaba).
Un buen día del mes de Junio, Coqui salió del charco de día y con buen sol. Orgulloso, con la trompa muy en alto, los ojotes bien abiertos y con una sonrisa de muchos dientes. Así sin la mayor explicación, sin motivos ni razón; salió a pasear a la mitad de la calle.
La gente que lo miraba, corría y gritaban escandalizados. Las mujeres comenzaron a gritar, los niños comenzaron a llorar y aquello se volvió un gran escándalo. Llegaron fotógrafos y camarógrafos de diferentes televisoras a verlo.
Coqui se asustó, comenzaron a perseguirlo y no le quedó mas que ir a esconderse al patio que más conocía, al más cercano; uno que tenía un charco que antes miraba grande. Ya no podía ir a esconderse al canal con todo ese griterío, además ¡lo venían persiguiendo!
La dueña de la casa del patio encharcado donde Coqui fue a esconderse, llamó a los bomberos, a protección civil, a las patrullas de policía, al Discovery Channel, bueno hasta al Yumká.
Los bomberos llegaron en unos camiones grandes y rojos con muchas luces y ruido de sirenas, éstos llevaron 10 hombres tan grandes como gigantes, los de protección civil llevaron redes tan grandes que parecían grandes lonas cuadriculadas, las patrullas de policía llevaron una gran jaula, los del Discovery Channel llevaron muchas cámaras y hasta el famoso cazador de cocodrilos llegó a atrapar a Coqui.
Con los bomberos, protección civil, las patrullas de policía, el cazador de cocodrilos y personal de Yumká, el pobre Coquito fue cazado, apedreado, lazado, amordazado con mil cuerdas y amarres.
Hubo un gran silencio y a los pocos segundos, una pelea muy grande, Coqui no quería ir a ningún lado y los hombres lo tenían amarrado, desde el hocico hasta la cola.
El pobre Coqui sentía un gran desconsuelo, por primera vez sintió que el pecho le dolía de sentir tanto temor.
Algunos niños que regresaban de la escuela (ya no lalo ni la nena) junto con unos vecinos que poco antes habían escandalizado en contra de Coqui, comenzaron a reclamar:
-¿Por qué se lo llevan? ¿A dónde?
-le haremos una cerca y quedará muy bien
-dejen a Coqui en paz en el canal
El siempre ha vivido aquí, ésta calle es su casa.
También hubieron personas que se enojaron mucho:
-¡arrojen a esa bestia de aquí! ¡que horror!
-mejor nos lo comemos bien asado
-Dios me libre, decían las viejitas
-mejor que se lo lleven al zoológico.
Un hombre, de esos sin escrúpulos dijo:
-¡Dénmelo a mí!
-me saldría un gran cinturón y un buen par de botas con esa lagartija.
A Coqui, todos aquellos gritos no le hacían ninguna gracia, se limitaba a cerrar los ojos con fuerza y a taparse los oídos.
-¡Que lo dejen!
-¡No, que se lo lleven!
Una total confusión
Y de nueva cuenta vino un gran silencio, después de nuevo todos discutían, en esos momentos todos querían saber que iba a pasar con la vida de aquel animal, el pobre Coqui.
Coqui también quería saber que iba a pasar con él, a él le interesaba más que a toda esa gente que gritaba.
La policía, los bomberos, protección civil y hasta el cazador de cocodrilos, tuvieron que dar una explicación. Todos estaban confundidos, todos telefonearon a sus jefes.
Coqui permanecía inmóvil, quieto, todo amarrado. La gente observaba en la calle, todos miraban a todos de manera desconfiada.
Después de unos minutos, el cazador de cocodrilos, puso una cara de autoridad, levantó la ceja derecha, dio una señal; cargaron con Coqui y lo metieron en la jaula.
Entonces, explicó que en ese canal, Coqui era una amenaza para la tranquilidad pública, el no podía vivir ahí, no podía quedarse, pertenecía a otro lugar.
Desde entonces, Coqui vive en una gran mansión con otros muchos cocodrilos, fue llevado a una granja de lagartos donde el agua donde se remojan es igual a la de la laguna donde el nació.
En ese lugar, llegan muchos muchachos a estudiarlos; ahí le dan muy buena comida, el estanque es muchísimo muy amplio y ahí Coqui no necesita esconderse. Tampoco corre peligro en convertirse en parrillada, en bolsa de señora, en botas de señor o en cinturón de dama.
Eso de quedarse para ser observado, estudiado; no le gusta mucho. A veces le da dolor de cabeza. Los primeros días se aguantaba, esperaba, a veces una lágrima caía por sus mejillas, disimuladamente. (para que no dijeran que eran lágrimas de cocodrilo).
A como pasó el tiempo, Coqui se fue acostumbrando a estar en el estanque con agua de laguna, el aroma de las plantas, el lodo, el agua y los matorrales, le recordaba el lugar donde nació y así poco a poco se fue sintiendo más tranquilo, además se ponía colorado cada vez que una linda chica le guiñaba el ojo cuando se juntaban a comer todos los cocodrilos.