Experimento Verde
Dicen de el que es un hombre malo, que tiene clientas raras. Y la verdad sin desmerecer a nadie, yo no creo que sea como los demás. Algunos dicen que basa su éxito en tener muchas mujeres y mucho dinero, se mueve entre grupos de pudientes haciendo dinero malo y simulando alegría por los cuatro vientos.

Yo creo que él no es así, a primera vista se ve llamativo e interesante, llama mucho la atención. Pienso que para poder estudiarlo y después tenerlo es necesario hacerle una visita nocturna. Llegando a casa preparo doscientas páginas que aun me quedan por leer y me pregunto porque se pierden en la tierra tantos grupos de hombres hermosos en el vacío de la soledad, la desesperación y la tristeza.
Bien, estoy aquí por el placer de lo que siento y voy a hacer un acto de belleza y no puedo hacerlo visible, estoy perdida y sola. Aquí están todos los árboles, el pasto crece en la oscuridad, habemos dos animales fuera de la casa y yo pienso en él, le apodan “el ausente”. Está y no está, coquetea desde su lugar sin querer llamar mucho la atención, desvía su mirada a través de la ventana que solo nos refleja, come lentamente con las manos. Aquí estoy yo, tímida, aniñada, bohemia, atormentada, no me parece extraño que me atraiga aquello que asusta a las demás. Fumo, me estremezco, silencio hasta que me pase el efecto, vamos a continuar. Paralizada me quedo pensando en el humo del cigarro y la historia que escribe. Intimidad incómoda y sola, tanto espacio encima de mi.
Pienso que si obtengo su cuerpo, obtendré su mente también, lo demás vendría rodando pero nunca será así. Me acerqué hacia el de forma tímida y temblorosa, más como amiga que como curiosa, siempre he mostrado interés por todo lo que le acontece, pero sin interrogatorios y sobre todo con buenos modales.
Que si la cena, que si la escuela, que si los libros, que si el estudio, uno frente al otro conversamos los dos retirados por una mesa, yo con pantalones cortos y las piernas flojas, él contemplando su imagen en el reflejo de la ventana. Después de tres sorbos, él era el dueño de la situación y sus dedos guiaban los pasos que yo seguía lenta y suavemente. Bastaron segundos para que lo tuviera entre mis manos, en mi garganta lo sentí caliente, en su rostro se revelaba el deseo y una pasión, que de vez en cuando intentaba seguir disimulando, deseaba sentirse amado, mimado, deseado, sin saber que yo ya era completamente suya.
Por instantes, miraba de un lado a otro y pensaba que me complacía la sensación de sentirme observada. Me transporté a un lugar desconocido, una selva llena de criaturas feroces, me aparté del mundo y comencé a sentir miedo. Desde la esquina del jardín pude notar como mis ojos fueron testigo de lo fácil que es perder la noción del tiempo, mi cuerpo fue testigo de lo tremenda que es la soledad. Cuando abrí bien los ojos no había ni selva, ni animales feroces, ni miedo.
¿Por qué algunas otras noches nadie se fija en mi, y ésta vez me sentí aliviada? Quizá por los efectos de el ausente. En efecto, dice Alfredo que debemos continuar con estos experimentos sobre los efectos de la bebida verde, aunque a mi más que investigación me parece el más placentero escape de la realidad. Antes dije palabras que confundían, que mataban y destruían, ahora nada. Me despedí desde la mesa, sin hacer mucho ruido y con el último sorbo de la noche, me dormí.
Antonio dijo
El corazón humano es un mundo infinito, que no te cansaras de explorar, hay aventuras, deseos, praderas y rincones; hay amor, dolor y rencor; es luz y oscuridad; es hermoso.
22 Agosto 2009 | 05:34 PM