Estatuas
He visto en varios lugares, esas estatuas humanas que a todos atraen. Y no es para menos, mantenerse inmóvil y en silencio un buen rato es un arte difícil de dominar, al menos en estado de vigilia.
Quizá por eso algunas estatuas vuelven a la vida y hacen ciertos gestos cada vez que las monedas de los transeúntes caen a sus pies.
La última vez que estuve en las ramblas había una de estas figuras estáticas que se humanizaban por dinero, el mismísimo demonio, de lengua roja y puntiaguda y cuernitos, además con un extenso repertorio de gestos endemoniadamente lascivos para las mujeres que se acercaban y de desprecio y de asco hacia el resto de los mortales. También había un ángel, divino e incólume cuando estaba inmóvil, burlón y travieso cuando un euro lo devolvía, por segundos, a su condición humana.
Imitan la piedra y el bronce, pero son de carne y hueso una inversión del proceso original de la escultura, que hace surgir seres humanos de la roca y el metal. De la escultura al performance, del homenaje del relajo, de los héroes históricos a los héroes simples de la cotidianeidad, del hombre que quiso ganarse un imperio al que sólo trata de ganarse el pan.
Frente a la catedral barcelonesa pude observar la gestación de una de estas estatuas: un joven mozo que se tornaba en torero. Inicialmente, lo contemplé por la delicadeza de su rostro a punto de convertirse en matador, pero después me picó la curiosidad de cómo armaría todo aquel tinglado de traje de luces, banderillas y capote a su alrededor y lo observé mientras se embadurnaba el cuello y la cara de colores rojos fuego.
Comenzó a enfundarse en su complicado traje de luces, acomodándose lo que muy bien se marca con esas medias. Tomó dos banderillas y se colocó en posición de ataque. El vacío de la mirada es el Talón de Aquiles de las estatuas de verdad, o sea, de las que representan a seres ya muertos. Ojos en blanco, rostros sin vida. Tengo el leve presentimiento de que erigir estatuas es algo que va quedando en el pasado, que los grandiosos, pero escasos hombres y mujeres esencialmente buenos se negarían aceptar que en el presente se invierta dinero y esfuerzo humano en preservar a nadie en piedra. ¿Para que?
Prefiero al torero de las ramblas, es mas humano, mucho más creíble, y hace pensar a la gente, nos hace olvidar o reconocer, por unos instantes, la estatua que todos llevamos dentro.
Kike dijo
Todos los toreros son unos sádicos asesinos.
10 Agosto 2009 | 03:37 PM