Daysi y Filemón el Camaleón... 1a parte

Deisy estaba tranquila, hacÃa una hora que se habÃa despertado. Por ahora solo esperaba que el viento secara el rocÃo que tenÃa en la piel. Después, solo tenÃa que abrir bien sus pétalos para observar el cielo. TenÃa una vida sumamente tranquila, estaba rodeada de helechos y sin número de flores exóticas. También habÃa palmas que le daban sombra y a algunos metros más, estaban las bugambilias; le gustaba platicar con las de color rosa, porque las de color naranja eran muy gritonas y a veces parecÃan verduleras.
A medio dÃa, solo gozaba del esplendor del sol y siempre procuraba estar muy pendiente de quien acechaba a ella y a sus amigas. A lo lejos, detrás de las macetas con puras margaritas, observó dos ojos grandes, feos, saltones, le impactó ver que cada ojo miraba hacia un lado diferente. ¡Horror! Pensó para sÃ; lo quedó mirando y de pronto la cara de Daysi se topó con uno de esos ojos tan feos. Ella se quedó inmóvil, sintió que una de sus hojitas temblaba sin poder controlarse, todo su cuerpo se torno sudoroso.
Filemón, al descubrir tan bella obra de la naturaleza se sonrojó. Se limitó a hacer como que se iba, adelantando una pata y se quedaba inmóvil, adelantando la otra pata y quedándose de nuevo inmóvil. Al poco rato, volteaba a mirar una mosca que se veÃa sabrosa y con el otro ojo miraba a Daysi.
En ningún momento pensó que iba a enamorarse de aquella flor tan escondidita entre las sombras. Daysi seguÃa atónita, seguÃa sin poder mover un solo pétalo. No deseaba voltear a mirarlo, pero era tan feo que no podÃa quitar los ojos de él o más bien no podÃa quitar sus ojos de uno de los de Filemón el camaleón.
Ella sentÃa mucho miedo tan solo de voltear a mirarlo, él en su imaginación pensaba, que si ella no dejaba de mirarlo; era porque le habÃa gustado.
Pensó en ejercitarse y pasear y comer todos los dÃas delante de aquella preciosura, ella por su parte, pensó que apenas él se fuera, harÃa un plantón para que la cambiaran de lugar, habÃa planeado comenzar a marchitarse para que la colocaran debajo de las bugambilias, de las rosas porque las de color naranja parecÃan no tener educación y asà no vendrÃa jamás aquel horrendo ser.
Con esta tormenta de miedos y de pensamientos sin sentido, vino la noche.